Columnas
Columna de Mons. José Gómez:Cinco prioridades para el Año de la Fe
Esas últimas tres semanas han sido una experiencia maravillosa. Fue un tiempo muy ocupado, lleno de reuniones y sesiones de trabajo con mis hermanos obispos. Fue un tiempo de amistad y fraternidad. Para mí personalmente, fue también un tiempo fructífero para oración y reflexión. Durante el Sínodo, nuestro Santo Padre comparó la fe en nuestro país y en todo el Occidente, como un fuego que se está apagando. Las “llamas” de la creencia, poco a poco se están extinguiendo, dijo. Ellas están esperando a ser agitadas y encendidas de nuevo, hasta que una vez más la fe se convierta en una flama viva que de calor y luz. Esta es una imagen fuerte de lo que “la nueva evangelización” significa. Nosotros sabemos que la fe ha perdido gran parte de su “fuego” y fuerza en la vida de muchas personas. Lamentablemente vemos esto incluso entre nuestros amigos y familiares. Demasiadas personas que han sido bautizados, se han alejado de la fe en Jesucristo y su Iglesia. Ellos necesitan a alguien para despertar el fuego de su fe, Y este es nuestro deber. Es por esto que yo escribí mi nueva Carta Pastoral “Testigos para el Nuevo Mundo de Fe”. Tenía la intención de estar aquí para publicar la Carta y para anunciar el Año de la Fe y hablar sobre las maneras prácticas como podemos vivir este año de manera fructífera. En lugar de esto, ¡el Santo Padre me llamó a Roma! Pero yo vuelvo a casa del Sínodo con un mayor sentido de la prioridad urgente de proclamar a Jesucristo y para llevar a los hombres y mujeres a Él –no solo por programas y palabras, sino también por el testimonio de nuestras vidas y nuestro amor. Me inspiré por el hecho de que el Sínodo destacó muchos de los temas que hablo en mi Carta Pastoral, especialmente las cinco prioridades pastorales que yo identifico para nuestra arquidiócesis: — Educación en la Fe; — Promoción de vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa y consagrada; — Promoción de nuestra identidad universal “católica” y nuestra diversidad como familia de Dios. — Proclamación del Evangelio de vida; y — Fortalecimiento del matrimonio y la familia. Mi esperanza es que estas cinco prioridades puedan servir como una especie de “programa” espiritual para guiar a las personas, las parroquias y nuestros ministerios arquidiocesanos en este Año de la Fe. En conjunto, tienen una “lógica interna” que conecta a estas prioridades y que abarca toda nuestra vida de fe – desde nuestra oración y vida interior, hasta nuestro deber para dar testimonio de nuestra fe en el mundo. Todo comienza con Jesucristo. Tenemos que crecer en nuestro conocimiento de quién es Jesús, lo mucho que nos ama, y lo que nos enseña para que vivamos sobre el camino correcto. Necesitamos conocer la íntima conexión entre Jesús y Su Iglesia y tenemos que crecer en nuestro conocimiento de las enseñanzas de su Iglesia. Cristo fundó su Iglesia como su familia, edificando sobre la paternidad espiritual de sus sacerdotes ordenados, quienes comparten en el Espíritu que Él dio a los apóstoles. A través de sus sacerdotes, Jesús continúa enseñando y sanando, para alimentar y perdonar, para santificar y servir. Así que tenemos que apoyar a nuestros sacerdotes y encontrar maneras de invitar a muchos más hombres para responder a este noble llamado. También necesitamos profundizar nuestro amor por nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y tenemos que fomentar la gloriosa diversidad de la familia de Dios. Nuestra Iglesia siempre debe ser un “icono” –un signo vivo- de lo que Dios quiere para todas las familias del mundo. Jesucristo proclamó un Evangelio social y el Evangelio de la vida. Así que nuestra fe debe manifestarse en obras de amor que edifiquen el Reino de Dios en la tierra y defiendan la santidad de la vida humana contra cualquier amenaza. Y nosotros necesitamos nutrir y fortalecer el matrimonio y la familia – que son los fundamentos de la sociedad, y las primeras escuelas de fe y amor. En mis próximas columnas, hablaré más sobre la unidad de estas cinco prioridades. También quiero sugerir maneras prácticas para que podamos utilizar estas prioridades como una especie de “programa” para el crecimiento espiritual y la planificación pastoral en este Año de la Fe. Si ustedes todavía no han tenido la oportunidad de leer mi Carta Pastoral, hemos creado un sitio en el Internet donde se puede encontrar junto con otros recursos para el Año de la Fe: http://archla.org/newworld. Esta semana oremos unos por otros. También oremos por nuestros hermanos y hermanas en la costa este de los Estados Unidos que están sufriendo mucho a consecuencia del huracán Sandy. Tenemos que abrir nuestros corazones en caridad por ellos, y para los que sufrieron la violencia de la tempestad cuando pasó por Cuba, Haití, Jamaica y las Bahamas. Pidamos a María, nuestra Santísima Madre, que esté cerca de todas las víctimas y sus familias en este tiempo de prueba. VN *La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) |
Columna de Mons. José Gómez: En su gloria, la promesa para nosotros mismos
Desde los primeros días de la Iglesia, los cristianos han reflexionado en este hermoso misterio de cómo la Santísima Virgen María fue “elevada” –llevada en cuerpo y alma al Cielo, al final de su vida en la Tierra. Y cada uno de nosotros hoy deberíamos recordar este misterio glorioso con gran alegría. Porque donde la Virgen María ha ido, nosotros podemos ir también. En la Asunción de María celebramos la victoria de la cruz y la resurrección. Celebramos la victoria de la vida sobre la muerte; del bien sobre el mal; del Padre de las misericordias, sobre el padre de las mentiras. La buena nueva de Jesucristo es que nuestro Dios no es Dios de los muertos, sino el Dios de los vivientes. Él nos creo para la vida abundante de los hijos de Dios. La muerte solamente entró en esta creación como el fruto amargo de la tentación del demonio y del pecado original de nuestros primeros padres. Pero Jesucristo destruyó el poder de la muerte de una vez para siempre y para todos, por su resurrección. “Porque así como en Adán todos murieron, así también en Cristo todos fueron traídos a la vida.” Escribió San Pablo (1Corintios, 15-22). La Asunción de María es la primera “prueba” de que las promesas de Dios son verdad. Por su Asunción, vemos el plan de Dios para la familia humana y vemos nuestro propio destino personal. Vemos que no hemos nacido para morir, sino para vivir. Hemos nacido para ser hijos amados de Dios. Nacemos para ser elevados a la vida eterna. Nacimos, como confesamos en el Credo, para la resurrección del cuerpo y la vida eterna. Esta es la hermosa esperanza que compartimos como cristianos. San Pablo nos dice que Jesús vino en “carne y sangre” así que para compartir en nuestra experiencia natural de muerte, “Él debía…entregarse a aquellos que a través del miedo o de la muerte, estaban sujetos a la esclavitud para toda la vida”. De modo que nunca tenemos que estar preocupados sobre nuestra muerte o la muerte de nuestros seres queridos. ¡Porque sabemos que el amor de Dios es más fuerte que la muerte! Esta es la razón por la que celebramos la Asunción de María. Jesús dijo que hay muchas moradas en la casa de su Padre. Él fue a ella antes que nosotros, pasando a través de la muerte y sobre la nueva vida de la resurrección. Él hizo esto para prepararnos un lugar en la casa de su Padre en el Cielo. El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, nos muestra un cuadro glorioso de María como una “gran señal en el cielo”. María está vestida con el sol, la luna bajo sus pies y portando una corona de doce estrellas. En su gloria, vemos la promesa de nuestra propia gloria. Nosotros sabemos que podemos seguirla al Cielo, si seguimos las huellas de su Hijo aquí en la Tierra. Si creemos, como María lo hizo; si confiamos en el plan de Dios para nuestras vidas, entonces compartiremos en su destino. Eso significa que realmente tenemos que vivir el mandamiento del Evangelio de amar como Jesús amó. Tenemos que amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y todas nuestras fuerzas. Tenemos que amar a nuestro prójimo con el amor de Dios. Así es como María vivió. En los evangelios, María nos es presentada como un modelo de cómo debemos seguir a Jesús como sus discípulos, haciendo nuestra jornada de peregrinos a la casa de nuestro Padre. Todos recordamos la hermosa historia de la Visitación, cuando María fue a visitar a su prima Isabel. Esta historia, que recordamos cuando oramos los misterios gozosos del Rosario, deberían ser una fuente de reflexión y oración para nosotros. Porque ellos revelan el “corazón misionero de María”. Nosotros estamos llamados a vivir con este mismo corazón, con el mismo deseo que tenía María, para compartir la alegría de Jesucristo con nuestros hermanos y hermanas. María llevó a Jesucristo a Isabel. Y cuando ella estaba ahí, María cantó, su hermoso cántico del Magnificat. Ella “magnificó” al Señor. Eso significa que proclamó las grandes cosas que Dios había hecho por ella. Así es como queremos vivir. Esta semana oremos unos por otros. Pidamos que todos llevemos a Jesús a otros, y “magnifiquemos” a Dios en nuestra propia vida. Igual que María, queremos llevar el testimonio de su bondad y amor, en nuestras casas, en el trabajo, en la sociedad. Que María nos enseñe a escuchar la palabra de Dios como ella lo hizo. Y que nos enseñe a responder con corazón generoso. De modo que podamos compartir en su destino de vida eterna en el Cielo. Columna de Mons. José Gómez: La misión de Guadalupe
Este evento es organizado por la Arquidiócesis de Los Ángeles y los Caballeros de Colón. Contará con charlas y presentaciones; el rezo del Rosario; y una procesión en la que veneraremos una reliquia de la milagrosa tilma impresa con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Para mí, esta celebración será una buena oportunidad para agradecerle a Dios por el amor maternal de Nuestra Señora de Guadalupe, no sólo en mi propia vida, sino también en el destino de los pueblos de las Américas. Cuando María se apareció en la colina del Tepeyac, en las afueras de la Ciudad de México, en aquella mañana de diciembre de 1531, era menos de una generación después de Cristóbal Colón y sus viajes de descubrimiento. Era un sábado por la mañana, muy de madrugada, y San Juan Diego se dirigía a su clase semanal de Catecismo, que era impartida por el sacerdote local. Era el 9 de diciembre, el día en que la Iglesia solía celebrar la Inmaculada Concepción. Mientras caminaba por la colina, San Juan Diego escuchó un sonido como de pájaros cantando. Luego vio a la hermosa Virgen, con Su rostro mestizo, una mezcla de rasgos españoles e indígenas. Ella le dijo que quería que él construyera una iglesia, un lugar sagrado donde Ella pudiera mostrar a Su Hijo a todos los pueblos del Nuevo Mundo. Ella dijo: “Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí mostrárselo (Jesús) a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es todo mi amor, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación”. Nuestra Señora de Guadalupe vino para construir una iglesia. Pero no sólo una edificación. Ella vino para construir la Iglesia, la familia de Dios en América. Y después de varias décadas desde aquel día de diciembre en el Tepeyac, ¡América Latina entera se había vuelto devotamente católica! Nuestra fe católica se ha propagado a millones en Norte América, el Caribe, las Filipinas y mucho más allá. En el plan de salvación de Dios, México se convirtió en la cuna de la Cristiandad para el Nuevo Mundo. Pero así como María le dijo a Juan Diego que no había venido sólo para convertir a México o al Nuevo Mundo, Ella vino para entregarnos a todos a su Hijo Jesús, con su amor personal. La misión de Nuestra Señora de Guadalupe, la misión del Tepeyac, continúa en nuestros días. Como dijo el Papa Benedicto XVI durante su visita a México al inicio de este año, Nuestra Señora de Guadalupe es “la Estrella tanto de la primera como de la Nueva Evangelización… de la misión continental que se está llevando a cabo lo largo de estas nobles tierras” de las Américas. ¡La misión del Tepeyac continúa en cada uno de nosotros! Así como Nuestra Señora de Guadalupe llamó a San Juan Diego, hoy también nos llama a cada uno a construir Su Iglesia. De esto se trata la Nueva Evangelización. Es una nueva misión continental: llevar a Jesús a todas las naciones y pueblos de las Américas. La misión de hacer del mundo, un nuevo mundo de fe, un nuevo mundo lleno de la luz de Jesucristo y de Su Evangelio. Vivimos en un mundo donde el amor de Dios se está enfriando cada vez más en muchos corazones. Mucha gente se ha olvidado de Dios; muchos viven como si Él no importara. ¡Nuestro mundo necesita nuevos testigos! Y nosotros hemos sido llamados para llevar hoy el mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe al mundo entero. Hemos sido llamados para ayudar a que Jesucristo encuentre un nuevo lugar en los corazones de nuestros hermanos y hermanas. ¡La Evangelización es siempre el trabajo de Dios! Nuestro deber es esforzarnos por cumplir su voluntad en nuestras vidas. Nuestra tarea es la de ser sus instrumentos, de permitirle que nos use para que llevemos a cabo su plan de amor. Esta es una de las lecciones de la primera Evangelización. Por la gracia de Dios y la fe de un hombre humilde y sencillo, San Juan Diego, quien escuchó la voz de la Virgen María y fue un instrumento de Dios, el Nuevo Mundo conoció a Cristo. Recemos unos por otros durante esta semana. Pidámosle a Nuestra Señora de Guadalupe que mueva nuestros corazones hacia una nueva conversión. Hacia un nuevo compromiso con respecto a nuestra responsabilidad por la misión continental de la Iglesia Católica. Que Santa María de Guadalupe, a través de su maternal inspiración e intercesión, nos obtenga las gracias que necesitamos para ser mejores instrumentos del amor de Dios, y para que así todos puedan conocer y amar al Señor. *La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) |
Columna de Mons. José Gómez: El mundo espera sacerdotes santos
Y más y más estoy convencido de que en nuestro trabajo de vocación y formación, necesitamos convertirnos en mejores estudiantes de nuestra cultura estadounidense dominante. Los hombres hoy están tratando de escuchar el llamado de Dios y de seguirlo dentro de esta cultura. Y nosotros los estamos formando a fin de enviarlos como apóstoles a esta cultura. Todos conocemos las muchas tendencias negativas que hay en la cultura estadounidense de hoy. Secularismo y relativismo moral. Una actitud altamente sexualizada y materialista. Individualismo radical. Rompimiento de las familias. Crisis en el matrimonio, la paternidad y el compromiso personal. Indiferencia religiosa y el “eclipse de Dios”. Más y más personas están viviendo como si Dios no existiera. Necesitamos entender el impacto que esta cultura está teniendo en nuestra gente de fe y su capacidad para conocer y creer en Jesús. Necesitamos entender cómo esta cultura establece nuestros esfuerzos para llamar y formar candidatos al sacerdocio. Los primeros misioneros para los Estados Unidos fueron serios estudiosos de las culturas indígenas que encontraron aquí. Estoy pensando en sacerdotes pioneros como el Bienaventurado Junípero Serra y el Padre Eusebio Kino en la costa del Pacífico, y en el sur oeste del país. También estoy pensando en el obispo Federico Baraga, que evangelizó en el Medio Oeste a mediados del siglo 19. Recientemente nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI lo declaró “venerable” en el camino a la santidad. El venerable Baraga fue un sacerdote misionero extraordinario. Él escribió catecismos y libros de oraciones en lenguas Ottawa y Chippewa. Estos primeros misioneros estudiaron esas culturas con el fin de transformarlos. Con el fin de llevar a la gente al encuentro con Jesucristo, a través y dentro de esas culturas. En nuestra formación de sacerdotes tenemos que pensar de la misma manera. El futuro de la formación sacerdotal en Estados Unidos será y debe ser, multicultural. Hoy nuestros seminaristas vienen de casi todos los continentes geográficos y de muchos orígenes étnicos, culturales y socio-económicos. Eso significa que necesitamos ser sensibles a las diferencias culturales en nuestros programas de educación y de formación. Muchas de nuestras tradicionales suposiciones sobre la espiritualidad y la oración, fueron formadas durante los siglos en un contexto europeo. Pero hoy en día nosotros estamos más conscientes de que los antecedentes culturales tienen una gran influencia en la manera como la gente ora y ve el mundo. Así que queremos asegurar que nosotros no impongamos en nuestros seminarios un modelo de dirección espiritual, formación y piedad que “les queda a todos”. Pero si nuestra formación debe ser multicultural, al mismo tiempo debe ser también contracultural e intercultural. Necesitamos preparar sacerdotes que puedan contrarrestar nuestra cultura estadounidense – por su predicación, por su cuidado pastoral, por su estilo de vida. Necesitamos formar sacerdotes que puedan purificar y santificar nuestra cultura con los valores y la visión del Evangelio. El mundo será convertido –no por palabras y programas- sino por testimonios. Por eso la parte más importante de la formación de un sacerdote será siempre su relación personal con Dios en Jesucristo. Nosotros necesitamos hacer todo lo que podamos para promover el crecimiento de nuestros seminaristas en la intimidad con Dios. A través de la lectio divina, la lectura orante de las sagradas escrituras. Mediante la adoración de la Sagrada Eucaristía. Y sobre todo, a través de su constante conversación con Dios en oración. El Bienaventurado Papa Juan XXIII dijo una vez a un grupo de seminaristas y sus profesores: “En vista de la misión que les ha sido confiada a ustedes para la gloria de Dios y la salvación de las almas, este es el propósito de su educación: formar la mente, santificar la voluntad. El mundo espera santos: esto sobre todo. Antes de que los sacerdotes sean cultos, elocuentes, estén al día, hay una necesidad de sacerdotes santos que santifiquen.” Este es el punto más importante. Este es el propósito de todo lo que hacemos en nuestra vocación y nuestros esfuerzos de formación. Esto es lo más importante. Hacer Santos. Todos nosotros en la Iglesia estamos aquí para acompañar a hombres en su jornada al sacerdocio. Para trabajar con la Gracia de Dios para formar sus mentes y santificar sus voluntades. Mediante nuestras oraciones y nuestros ministerios, estamos aquí para hacer verdaderos hombres de Dios, en quienes los hombres y mujeres de nuestro tiempo puedan ver a Jesucristo. Hombres que prediquen el Evangelio con su vida. Hombres que vivan el misterio que celebran en el altar. Que se hagan ellos mismos un don total. Por amor a Dios y amor a las almas. Hombres que presenten sus cuerpos como un sacrificio vivo y santo a Dios. Esta semana oremos unos por otros, y pidamos la gracia de ser mejores promotores de vocaciones en nuestra Iglesia. Y encomendémonos nosotros mismos al cuidado maternal y la guía de la Santísima Virgen María, la Madre de los Sacerdotes y de la Nueva Evangelización. *La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) Columna de Mons. José Gómez: Las vocaciones nacen de una cultura católica
Él dijo una vez: “Un obispo puede estar sin la Mitra, el Pectoral y aún sin Catedral. Pero él no puede hacer nada sin el seminario, ya que el futuro de su diócesis depende de él”. Yo cito a menudo estas palabras y siempre las he tomado seriamente en mi ministerio apostólico. Yo considero uno de mis primeros deberes como su arzobispo llamar y formar hombres para el sacerdocio. Nosotros estamos bendecidos en Los Ángeles por tener programas vocacionales creativos y un buen seminario. Y cada año estamos ordenando excelentes nuevos sacerdotes. Pero nuestra Iglesia continua creciendo aquí en el sur de California. Nosotros necesitamos más vocaciones. Necesitamos más trabajadores para la cosecha de amor y salvación de Nuestro Señor. Las vocaciones son un don de Dios y el fruto del Espíritu Santo en nuestro Iglesia local. Todos nosotros en la Iglesia tenemos un deber de orar por nuestros sacerdotes y seminaristas y de orar por más vocaciones. Todos nosotros estamos llamados a crear una cultura de vocaciones, de modo que más hombres puedan escuchar la invitación de Dios para el sacerdocio. Este verano yo he estado pensando y orando mucho sobre las vocaciones. En esta columna y la de la próxima semana, quisiera compartir algunas de mis reflexiones. Yo he encontrado muchas ideas útiles en un documento publicado el mes pasado por la Congregación del Vaticano para la Educación Católica, “Directrices Pastorales para Promover Vocaciones al Ministerio Sacerdotal”. Esas nuevas directrices nos recuerdan que promover vocaciones es el trabajo de toda la comunidad católica. Las vocaciones comienzan en la familia católica, el “seminario inicial”. “La familia permanece como la principal comunidad para la transmisión de la fe cristiana” de acuerdo con las nuevas directrices. “Se puede ver en todas partes que muchas vocaciones sacerdotales nacen en familias donde el ejemplo de una vida cristiana y la práctica de las virtudes evangélicas hacen surgir el deseo de entregarse completamente a sí mismo”. Para nosotros, eso significa que necesitamos fortalecer la identidad católica de nuestras familias. Como el Vaticano hace notar, en nuestra altamente secularizada cultura, aún los padres que son buenos católicos, están poco dispuestos a animar a sus hijos a considerar una vocación sacerdotal. Las vocaciones nacen de una cultura católica. Si todos estuviéramos viviendo verdaderamente nuestra fe católica y siguiendo a Jesús, las vocaciones florecerían. De manera que cada uno de nosotros necesita cultivar una relación personal con Jesús y una dedicación a su misión del evangelio. Todos nosotros necesitamos vivir nuestra fe con valor y alegría. Los sacerdotes tienen un deber especial, como las nuevas directrices señalan: “Con frecuencia la cuestión de las vocaciones al sacerdocio nace en muchachos y hombres jóvenes como resultado del gozoso testimonio de los sacerdotes. El testimonio de sacerdotes unidos a Cristo, felices en su ministerio y unidos en fraternidad entre ellos mismos, tiene una fuerte atracción para los hombres jóvenes”. Las directrices del Vaticano sugieren que nosotros llamemos a nuestros jóvenes –especialmente muchachos y hombres jóvenes- a disfrutar de la oración y la meditación en silencio. Necesitamos enseñarles a amar la Palabra de Dios y a participar en la Eucaristía reverente y alegremente. También es importante ir regularmente al sacramento de la Reconciliación. Esto permite a los jóvenes crecer en su propia conciencia y en su relación con Dios. Nosotros también debemos ofrecer a nuestros jóvenes muchas oportunidades para reunirse y servir a sus vecinos en la caridad. Debemos hacer prioridad en la Iglesia ofrecer a los “muchachos y a los hombres jóvenes una experiencia cristiana por medio de la cual ellos puedan conocer de primera mano la realidad de Dios mismo, en comunión con sus hermanos y en la misión del Evangelio”, aconseja el Vaticano. “Sentirse parte de una familia de hijos e hijas que tienen el mismo Padre, que los ama inmensamente, ellos están llamados a vivir como hermanos y hermanas y a perseverar en unidad, poniéndose ellos mismos al servicio de la nueva evangelización para proclamar y llevar testimonio de la maravillosa verdad del salvífico amor de Dios”. Esta semana, al orar unos por otros, vamos a consagrarnos de nuevo a nuestro hermoso deber de promover vocaciones sacerdotales. Vamos a comprometernos a orar cada día para que nuevos hombres escuchen el llamado sacerdotal de Dios. Tratemos de hacer sacrificios y de ofrecer devociones especiales por esta intención, tales como horas santas regulares por las vocaciones. Y pidamos a la Virgen María, Madre de los Sacerdotes, que nos ayude a todos a estar abiertos al plan de Dios para nuestras vidas y las vidas de los que queremos –especialmente nuestros niños. Pidámosle a ella que nos ayude a responder al llamado de Dios como ella lo hizo- con el “si” de toda nuestra vida. *La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) |
¡El Sínodo de Obispos ha terminado y yo estoy contento de estar en casa de nuevo!
La fiesta de la Asunción, que celebramos esta semana, es una de mis favoritas en el año litúrgico de la Iglesia.
Espero que este domingo muchos de ustedes puedan reunirse conmigo en la “Celebración de Guadalupe”, la cual se realizará en el Coliseo de Los Ángeles.
No hay trabajo más importante hoy en la Iglesia, que llamar y formar hombres para el sacerdocio.
Yo tengo una devoción especial por el heroico obispo, San Rafael Guízar y Valencia.



